
El palanquín de las negras
En el año 1991 estando yo en la Habana (en espera de una visa para México que nunca llegó),paraba en casa de una tía pero solo podía permanecer en la misma después de las seis de la tarde, ya que mi primo, hijo de ella, tenía muchas peculiaridades en su personalidad y una de ellas era querer pasarse el día solo cerrado a cal y canto, invocando a laVirgen de Carmen de la cual era ferviente devoto, encendiéndole velas por todos los rincones y quejándose de la vida, el hambre y la situación del llamado en aquel "entonces período especial".
Yo tenía todo el tiempo del mundo para caminar la Habana y fue la época de mi vida en que más personas singulares conocí, obligado por aquella parametración que me condenaba a no volver hasta pasadas las 6 de la tarde. También tuve muchas aventuras eróticas porque me sentía vacío en un ciudad sórdida pero fascinante. Recuerdo que encierta ocasión caminaba sin rumbo por la calle Monte cuando vi que alguien me hacía señas desde un balcón. Alcé la vista: un muchacho joven me hizo un leve saludo y con la misma me lanzó una llave:"Abre la puerta de cristales y sube", fue lo único que dijo.Yo estaba anonadado, pero como en La Habana todo es posible, subí. Elmuchacho me abrió su puerta absolutamente desnudo y ahí mismo comenzamos un duelo sexual inolvidable. No nos preguntamos el nombre,ni la edad, nada, fue un acto brutal y descarnado. Cuando terminamos me dio agua y me preguntó que de dónde era:"Se ve que no eres de la Habana, pareces comerte la cuidad con la vista.""Soy de Cienfuegos.""Ah ya", dijo sonriendo, "pues te defiendes muy bien, cienfueguerito."Y nos despedimos.
El tedio me obligó muchas veces a hacer amistades nuevas. Conocí un gay que vivía una vida dividida, o sea dormía toda la mañana hasta las dos, hora en que perfumado y bañado salía a las calles a cazar lo que apareciera.Sobre las ocho de la noche se acostaba a dormir hasta las tres de la mañana en que invariablemente subía por toda la Rampa en busca de nuevas aventuras. Su voracidad sexual era digna de estudio por algún especialista. Con él me enteré de las cosas que se hacían en los baños públicos y muchas otras que para mí eran una novedad.
Una vez me invitó a la playa, y nos fuimos a una zona de cierta tolerancia llamada "Mi cayito". Las locas erotizadas se metían entre las uvas caletas y formaban orgías dionisiacas a toda hora. A veces la policía irrumpía en medio de aquellas bacanales y las cargaba multándolas con sumas altísimas, pero al día siguiente ellas volvían a sus andanzas como si nada.Recuerdo particularmente ese día en la playa porque de repente apareció un grupo de gays negros que llevaban a una loca un tanto mayor montada en un palanquín. Estaba vestida como una reina con una diadema en forma de escarapela en la cabeza y un largo traje púrpura que casi arrastraba en la arena, pero lo fascinante era el aire monárquico de aquel gay, sus ademanes suaves, las inclinaciones con que se volteaba para pedir algo a sus acólitos. Tenía una mirada lánguida de quien ha llorado en silencio durante toda la noche. Yo nunca había visto una reina personalmente ni creo que la veré en mi vida, pero la impresión de aquella loca encaramada en aquel palanquín lleno de flores de papel y serpentinas policromadas me conmocionó. A una orden de ella, los edecanes la colocaron sobre una alfombra previamente tendida en la arena. Uno de ellos la ayudó a bajar y la condujo con verdadero respeto. La reina se sentó mientras la refrescaban suavemente con abanicos bellísimos y le secaban el sudor por pañuelos de seda. La alfombra parecía de bramante. En realidad en medio de la vergüenza de aquel mediodía de verano, aquella sobera nasentada sobre su alfombra en la arena musitando órdenes a su séquito era algo tan surrealista que jamás he podido olvidarlo.Una de las acólitas espigada y con un aire asustadizo de cuando en cuando le untaba algún perfume a la reina en ambas mejillas a la vez,que parecía decirle elogios aduladores sobre su esplendidez, porque ella le sonreía displicente como si acabara de oír algún disco viejo que le traía reminiscencias nostálgicas. A una orden de la reina los demás se dispersaron por la arena, cerca del trono y ejecutaron una discreta coreografía más bien aeróbica. Mientras uno con largas trenzas y un escandaloso traje de baño marcaba los compases, uno dos tres cuatro, uno dos tres cuatro. Los que estábamos allí no salíamos del asombro. La danza alcanzó su máximo esplendor cuando una de las locas plegó sobre las otras un velo finísimo de color azul cielo bajo el cual terminó aquella rara coreografía. La reina aplaudió suavemente y con un ademán muy fino las llamó a todas y pareció musitarles algunas acotaciones sobre el baile o el uso del tul, no tengo idea, sé que las otras (que eran más de quince) la escuchaban como hechizadas por su poder soberano. Luego con unas palmadas de la reina se dispersaron para aparecer más tarde con una inmensa sombrilla japonesa que colocaron amorosamente sobre la reina para que los rayos del sol no marchitaran su hermosa tez. Llegó al mediodía y las "sirvientas"comenzaron un extraño ritual: el almuerzo. De mochilas y bolsas sacaban frutas frescas, melones, naranjas y hasta una botella de Chivas Regal que solo podían haber adquirido en divisas en alguna tienda al afecto, colocaron aquellos manjares de forma primorosa sobre un tapete color carmesí y degustaron aquel almuerzo con una parsimonia cortesana y elegante. Sobre todo la reina que elegía los mejores pedazos de fruta y los miraba extasiada antes de llevárselos a laboca. Yo estaba fascinado. Nunca me perdonaré no haberme acercado para preguntarle sobre qué territorio reinaba y de dónde venía con aquel palanquín y todos aquellos sirvientes tan sumisos y discretos. Al filo de las dos de la tarde la reina cayó en una suave languidez mientras continuamente la abanicaban, dejó caer su gran cabeza coronada sobre el pecho y quedó aletargada en un sueño dulce y profundo.Sobre las cuatro de la tarde los sirvientes comenzaron a recoger y despertaron a la reina con leves toques en las mejillas. Ella abrió los ojos, miró al mar enternecida y pidió algo de beber. Se inició la retirada. Engalanada y vuelta a perfumar la reina fue montada y conducida por entre las uvas caletas por donde mismo había aparecido. Una de las negritas que iba al final del cortejo dejaba caer pétalos de rosa sobre la arena mientras este se retiraba suavemente. A mi por poco me da algo. En mi vida había visto algo tan perfectamente teatral y tan sincronizado. Me cansé depreguntar quiénes eran y por qué se comportaban de esa forma:"Es una pájara de Guanabacoa, dicen que es la reina del café y el tabaco. Todas esas negritas que viste trabajan para ella, se comenta que vive en una casa grande hasta con cachorros de leones... Pero todo es mentira, no son más que unas locas negras de San Miguel del Padrón que como nadie las mira vienen aquí a darse bambolla con el carromato ese y las botellas de Chivas Regal que lo que tienen es agua y nada más... Son unas payasas.
"Esto me lo contó un bañista. Pero no lo creí. Me pareció que estaba mordido por la envidia a la majestuosidad de aquel acto "sui generis" que a mi me cautivó.Muchos años más tarde fui a esa misma playa agreste con un amigo, él desde luego enseguida hizo un recorrido buscado posibles conquistas,hasta que lo vi entre la multitud conversando con un jovencito.Parecía estarlo enamorando, pero a la vez que le decía lo bello que era y lo feliz que se sentía de haberlo encontrado, miraba hacia otro extremo, donde había otro jovencito con él que intercambiaba miradas fugaces llenas de deseo. El muchacho con el que hablaba se dio cuenta y lo fulminó con esta aseveración:"Chico, pero la verdad es que tú eres una puta"