Estaba yo sentado, solitario, en un muro del mencionado sitio de encuentro —no diré su ubicación exacta, porque no es mi propósito estimular la concurrencia a estos lugares, ciertamente peligrosos en muchos casos, por lo apartados que son y la presencia ocasional en ellos de maleantes que a veces agreden o asaltan a las personas LGTB para robarles—, cuando un agente de la PNR me pidió el carné de identidad, documento que le entregué disciplinadamente, luego de darle las buenas noches al oficial, quien me pidió que lo esperara junto a la patrulla.
Así, nos reunieron junto a dos carros patrulleros a un pequeño grupo de alrededor de siete u ocho hombres homosexuales que allí estábamos, hasta que regresó el oficial al frente del operativo, quien en forma descompuesta ordenó que nos pusieran a todos “500 pesos de multa”, porque ya estaba “cansado de que nos llamen la atención por estos maricones”. Cuando un joven que estaba más apartado de ese carro discrepó en alta voz por el supuesto monto de la multa, el mencionado policía gritó: “¡Díganme quién está protestando para meterle una galleta (bofetada), que hoy todavía no le he dado golpes a nadie y estoy loco por hacerlo!”.
Comenzaron a rellenar los talonarios. Un joven policía de la otra patrulla expresó: “¡Con tantas mujeres que hay en La Habana!”, y otro de los detenidos le rebatió correctamente que esa observación no venía al caso, porque “en La Habana hay tantas mujeres como hombres”.
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