Su casa era muy concurrida. ¿Había algo especial en ella?
No, los especiales éramos nosotros mismos, no había ninguna otra cosa. Claro, teníamos adornos, curiosidades, como habíamos viajado mucho teníamos cosas muy bellas. Pero no creo que fuera eso lo que atraía a los que nos visitaban. No eran coleccionistas. Eran escritores, artistas, pintores, un grupo que siempre estuvo muy cerca de nosotros.
¿Qué tenían ustedes de especial?
¡Imagínese usted! ¿Qué teníamos de especial? Nada. Hacíamos versos, escribíamos, nos burlábamos un poco de la gente. Como éramos jóvenes podíamos hacerlo con bastante impunidad. No sé que tuviéramos nada más.
¿Habría podido escribir su novela Jardín con otro paisaje ante los ojos?
Bueno, yo la escribí en esa casa de que hablábamos, donde había un gran jardín. Claro, no es el que describo en la novela; ahí aparece desmesurado, desnaturalizado. El jardín es como el espíritu maléfico del libro.
De haber vivido su juventud en otro lugar, de haber tenido otra familia, ¿hubiera podido usted ser poeta?
El ambiente hace que el poeta se desarrolle o no, pero el ambiente hace poeta al que ya nació poeta.
De Línea y 14, ¿cuál era el lugar que más le gustaba?
Hace tanto tiempo que perdí de vista esa casa que ya apenas la recuerdo. Además, ha sido tan desfigurada, tan cambiada... tan mancillada, que prefiero no hablar de ella.