Ramón Grau San Martín impartía la cátedra de Fisiología. Era, a no dudarlo, tisiólogo eminente y médico de aguzado ojo clínico. Cuando asumió la Presidencia de la República, en 1944, uno de sus primeros actos fue el de cesantear al profesor Alfredo Antonetti Vivar como presidente del Consejo Nacional de Tuberculosis. Un amigo común, médico también, lo visitó a fin de que reparara la injusticia cometida. Antonetti, que ocupaba la cátedra que llevaba entonces el nombre de Enfermedades Tuberculosas, era un profesional capaz y había hecho un buen papel en la presidencia del Consejo.
—Le voy a referir una historia —respondió Grau—. Hace años, muchos años, terminé mi clase en la Escuela de Medicina. Llovía copiosamente, pero yo tenía necesidad imperiosa de llegar a mi casa. Usted sabe, no sé manejar; no tengo automóvil propio… Conmigo salía de la Escuela el profesor Antonetti. Se montó en su carro, me pasó por el lado y me dijo: Adiós, doctor Grau, y a lo que yo respondí: Adiós, doctor Antonetti. No me invitó a subir a su vehículo, ni siquiera me dio una excusa. Se perdió en la tarde y yo quedé a merced del agua y el viento, sin más protección que mi paraguas.
Grau hizo silencio. Clavó sus ojos en los de su interlocutor y añadió:
—Bien. Dígale al profesor Antonetti que ahora está lloviendo para él.