agosto 12, 2012

Gerardo Machado en Montreal




En su lujoso apartamento del hotel Mount Royal —siempre con las cortinas echadas, lo que sume al recinto en una suave penumbra— lo visitan además reporteros de los principales periódicos del mundo. Machado es un buen anfitrión o lo aparenta. Quiere que los que lo visitan se lleven la impresión de que hace bien los honores de dueño de casa. Él mismo prepara y sirve los tragos con los que agasaja a sus visitantes, y cuando todos tienen ya su copa en la mano, toma asiento y no se mueve más. Ignora las preguntas que se le formulan o, mejor, responde a estas lo que le conviene. Aun así, insiste en fingirse una persona agradable. Ensaya una que otra sonrisita, pero no son precisamente expresiones de placidez, sino que se explayan en una mueca.
Prefiere conversar sobre Canadá. «Es un país hermoso y los canadienses son muy simpáticos», comenta sin que nadie se lo pregunte. Precisa: «Es una nación a la que quiero mucho». En verdad, no sabe nada sobre ese país ni sobre su gente. Ni le interesa.
¿Acerca de Cuba? ¿Sobre sus planes? Son interrogantes que quedan en el aire. Hace ver que ya no le entusiasma el tema. Pero está informado sobre la situación de la Isla más de lo que sus interlocutores sospechan. ¿Conspira? ¿Tratará de recuperar el poder?
La carrera política del ex dictador, en opinión de muchos, ha terminado. No son pocos los observadores y analistas que piensan que con el golpe de Estado del 4 de septiembre protagonizado por un sargento llamado Batista y el ascenso de Ramón Grau San Martín a la Presidencia se desvanecieron de manera irremediable los últimos vestigios de una posible restauración del machadato.
Con una indiferencia de piedra recibe Machado en Montreal las noticias que llegan de la Isla. Sin embargo, gente como sus ex ministros Octavio Averhoff y Eugenio Molinet, que lo acompañaron en la huida y siguen a su lado en Montreal, no ocultan la consternación que los embarga desde el derrocamiento, el 4 de septiembre, del presidente Carlos Manuel de Céspedes, la quinta rueda del carro de la injerencia de Washington en La Habana.
Fotos: Ebay