agosto 04, 2012

Nostalgias de una habanera del Cerro



Hace poco más de dos años les recomendé las "Nostalgias de una habanera del Cerro", y ahora veo que se puede descargar en este enlace. El libro, como supondrán tiene su dosis de veneno comunista, pues de lo contrario no se lo hubiesen publicado en el "Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau", pero al leer pasajes como este, cualquiera puede darse cuenta como vivía "antes de" una simple familia cubana. ¿Convencerán a su autora para que cambie todo eso que narra por un plato de Moringa?

"La administración de los gastos de la casa fue como suele suceder, su reino. Ella alguna vez más que otra se pudo dar el lujo de hacer una factura para el mes en un almacén de chinos que había en Infanta y Pedroso, muy cerca de la fábrica de la Canada Dry. Pero de fijo las compras se hacían en la bodega de Avelino. A principios de mes había cosas más caras para el postre, sobre todo conservas de la Libbys o Del Monte —pera, melocotón y coctel de frutas—; el mes avanzaba y  había dulce de frutas cubanas en conserva con queso crema, y los días antes del cobro, dulces caseros de Pitisa. Sin lugar a dudas, yo prefiero, hasta hoy, el dulce a la comida. 
En mi casa mami diseñaba el menú semanal para que cada día hubiera potaje de un grano diferente; los dejaba remojados desde la noche anterior con bicarbonato, costumbre quepersistió a pesar de haberse adquirido enseguida que salió al mercado una olla Presto, al igual que una cafetera italiana. El carbón se dejó de usar en cuanto se logró, a principios de los 40, firmar el contrato con la compañía de gas. A mi mamá le gustaba progresar, con su batidora Osterizer, los pollos Caporal que venían desplumados, una tostadora, y todo lo que le aligerara la carga doméstica no solo a ella, sino a mamá Pitisa. 
Alguna vez más que otra le llegaba el turno a los macarrones y a la harina de maíz que comíamos con huevo y plátanos maduros fritos y, a veces, yo le  echaba un chorrito de leche condensada. Más que con ensalada, que era cosa de los grandes, a las niñas nos ponían para acompañar el plato fuerte, además del inevitable arroz blanco con mantequita por encima para toda la familia, un platanito manzano acabado de hacer, costumbre que he mantenido a lo largo de mi vida, aunque sea con plátanos  Johnson o vietnamitas, sin dejar de mencionar alguna vianda frita. De entrante, el puré de frijoles que a veces le echaban rodajas de pan frito. La gente menuda no comía mariscos ni comidas demasiado sazonadas, y lo que era algo de oficio, casi inevitable: la sopa, el arroz blanco y el bistec de res para las noches, frecuentemente con papitas fritas. 
Mi hermana deliraba por la ensalada de papas y bonito Comodoro; a ese plato y a mucho de lo que comía le añadía limón. Una vez oí decir que el limón hacía frígidas a las mujeres. No sabía lo que eso significaba, pero algo malo debía ser ya que le peleaban tanto a ella por esa costumbre. 
Como he sido flaca toda la vida, mami me hacía tomar café con leche «arriba» de las comidas, cosa que hoy se sabe no ayuda a  la nutrición. Hubo una época en que me obligaba a tomar mucho jugo de tomate, con sal y limón, hasta que le cogí el gusto. Al regresar del colegio de monjas, nos esperaba en las tardes una jarra de jugo de naranjas con remolacha. En otra etapa me daban a menudo  Quacker —cuyos envases traían vasos de cristal y otros obsequios de propaganda—, cocinado con leche, una ramita de canela y mucha azúcar o Corn Flake, que traía juguetes-sorpresas: de los que recuerdo, por lo que me gustaban, unos avioncitos que se lanzaban al aire con unas ligas. Durante una larga temporada, mi mamá se «enamoró» de un cereal llamado Nestum, que le echaba a mi café con le-che, con la misma ilusión de que me haría engordar. 
Algunos domingos se cocinaba diferente para grandes y para pequeños; para las muchachitas, fricasé de pollo o carne asada, condimentados por la abuela  —una verdadera fiesta del paladar—, o tamal en cazuela con carne de puerco; para los mayores, tamales, mariscos o paella, en fin, cosas más elaboradas y de sabores más «exóticos». Me daba mucha lástima ver las langostas vivas a la candela, tratando de escapar del enorme caldero y me mareaba un poco el fuerte olor «a mar» de los mariscos.
El postre más sensacional de la abuela eran los buñuelos hechos con yuca y ahogados en almíbar. De verdad que tuvimos suerte, porque la abuela, con su toque de gracia en el punto de la sazón para los días especiales y Pitisa para el diario, eran excelentes cocineras. Mami, una bárbara haciendo puré de papas y pollo frito. De ahí no salía.
El fogón no se encendía los domingos por la noche. Pitisa tenía la noche libre, y mami estaba agotada y debía tener fuerzas para comenzar su semana. Ese día le tocaba a papi buscar algo ligero en la Esquina de Tejas."

1 comentario:

sonora y matancera dijo...

wow, where is the pink-loca-trademark? jeje, madurando... chévere esto, hay que bajarlo... saludos