septiembre 17, 2012

El juego del miedo



Sentirse avergonzado al confesar su oficio, es una de las sensaciones más desoladoras que pueda sentir un hombre: yo me siento apenado, en la mayoría de las veces por una causa u otra, lo he tenido que hacer, y lo he hecho cuando no me ha quedado más remedio. ¿Por qué? Yo gano, a los sesenta y cinco años de edad y tras haber trabajado en el mismo sitio por más de cuarenta, la exigua cifra de 32 dólares mensuales. Exactamente eso; 32, ni más ni menos. Es el equivalente a los ochoscientos pesos cubanos que cobro casi todos los meses. Yo no tengo a nadie, ni tengo familia, soy uno de esos ancianos que está en constante peligro de perder la cadera o la mente o lo que quizá sea mucho peor, perder la poca alegría que nos queda, digo, si es que tuvimos alguna en otro momento de la vida. Yo vivo dentro del miedo y para el miedo: yo nutro hoy, lo alimento, el miedo de mañana: para mañana no tengo un centavo, estoy peor que Beba que trabaja en la cocina de una escuela, y puedo confesar que los puercos que ella cría en su casa no tienen la procupación anginosa de qué comeré mañana.

Recuerdo las palabras que un viejo amigo de entonces, le repetía sin cesar a su padre comunista: "yo me voy de este país porque estoy harto de vivir a poquiticos".... Nadie ha tenido más razón que él, ni todos los conceptualistas y filósofos de vanguardia, ni siquiera aquellos que se dedican a estudios sobre el último medio siglo cubano, que pueden llegar a una conclusión tan simple y a la vez tan siniestra. A poquitico.

Ya desde el amanecer, cuando se abre los ojos al nuevo día, llega el primer golpe, un golpe que de no ser golpe se puede convertir en el "golpe de gracia": ¿Habrán traído el pan?. Y ese es el comienzo, la angustia de un día más por un mendrugo de pan, y cuando digo mendrugo, no estoy diciendo ninguna metáfora ni un eufemismo trasnochado. Para quien no lo sepa, el pan en esta isla es racionado y el peso que tiene el mismo, en porciones personales es de ocho gramos. Ni más ni menos, lo que sucede que siempre es menos porque los panaderos roban harina, aceite, levadura, cosa que por demás ya es más que natural, porque en todas las esferas y en todos los sitios, casi todo el mundo roba, es muy difícil encontrar quien no lo haga. Esto sería un tema interesante de tratar, este asunto de la sobrevivencia, lo que llevaría un estudio minucioso de una miseria que no llega al límite, de una carestía que no mata, y de una desnutrición, fundamentalmente en las personas muy mayores, que llevaría páginas y páginas y más páginas, llenas de lágrimas de sangre.

Además de levantarte con esfuerzo, de agonizar los primeros albores de la mañana, de salir, de comprar café en el mercado negro tolerado: que se entienda, o mejor dicho, que se sepa, que hay un mercado negro tolerado y uno intolerado. Café y pan en el mercado paralelo ambulante, que consiste en una serie de vendedores del alimento más noble, que pululan, desde muy tempranas horas de la mañana pregonando como un coro bachiano: "el pan suave, el pan de la chopi (1)", y que vienen a ser estos panaderos ambulantes como un despertar a la ciudad para comenzar, los que lo tienen, el día gastando desde antes de salir el sol. Un pan a la puerta de tu casa cuesta cinco pesos. El salario de un jubilado promedio es de 240 pesos mensuales, menos de 10 dólares.

Pero a todo esto súmale el terror. Súmale esa obra de orfebrería socio-política que ha sido cincelada con la mano más maestra y más perfecta de la historia nacional; súmale a tu angustia por no tener dinero para comer como mande quien mande, menos los que dicen que nos mandan, el pánico. Yo pienso que este piensa, y aquel, que yo pienso que lo estoy pensando y yo se que él está pensando que yo pienso que le tengo miedo. Y le tengo miedo. Se lo tengo. En un segundo, en un sencillo segundo, puede decidir aquella persona que supone lo que yo pienso, acabar conmigo y pulverizarme. Esa persona tiene un inmenso poder sobre mí. También si yo supusiera lo que esa persona piensa y no me conviniera, la tendría en mis manos. Eso puede pasar con un amigo, un vecino, un compañero de trabajo, cualquiera puede convertirse en tu acusador y no es menos cierto que aparentemente esto ha amainado y uso el verbo correcto: amainar, que quiere decir que se ha aplacado, pero no se ha terminado. Bastaría un gesto o una orden disparatada, para que los que piensan que yo pienso y hasta yo mismo me abalanzara contra el que ni piensa, supuestamente igual que yo, o el que manda a que le partamos la cabeza, amparados en algo conocido como Brigadas de Respuesta Rápida al enemigo.

Y he aquí que se presenta un dilema que pudiera ser divertido si no fuera tan malignamente patético: ¿Quien es el enemigo? Sencillamente quien no piensa como los que ordenan que yo piense y sigue la cosa: y quien piensa como yo pienso. ¿O quien puede adivinar el pensamiento de otro con aguda certeza si el pensamiento, la idea es volátil y dispersa...? ¿Quien maneja el pensamiento de este o de aquel o de él mismo si ahora está pensando un una cosa y dentro de un segundo puede pensar todo lo contrario...? ¿Quien se erige en conocedor absoluto del pensamiento ajeno...? ¿Quien puede, de manera justa, precisa y sin equivocarse, decir lo que yo pienso o siquiera pensarlo...? He aquí el dilema y el laberinto: he ahí el hilo que no lleva a ninguna parte: nadie sabe como piensa el otro porque el otro se hace como el que piensa como quieren que el piense e incluso es capaz de matar por esa mentira que tiene enterrada en la mente, por el miedo que lo mata y mata, casi siempre, al que piensa como él, digo, si de matar se tratara y en el mejor de los casos, te da el trastazo por la cabeza. Pero...¿Pensó lo correcto? ¿Hizo lo que consideró justo? ¿Lo hizo?¿No lo hizo?

Piensa por él, el miedo que lo agarra por el cuello como un dogal invisible y lo conmina a hacer lo que no quiere porque de no hacerlo podrían hacer con él lo mismo que se le ha ordenado. El juego se mantiene: sobre la mesa las cartas y las monedas, el grupier de turno ordena que hagan juego y los perdedores se aprestan una vez más a la jugada final, que no es otra que la jugada fatal.

(1) Shopping, que es como se conoce vulgarmente a las tiendas donde expenden artículos en moneda convertible a 25 pesos nacionales por uno convertible.

Este texto, escrito de un tirón y sin una revisión a fondo, fue enviado a través de una tercera persona desde la isla. Su autor -una persona conocida del medio cultural- no quiere hacer público su nombre por el momento. Tiene miedo evidentemente. Mientras firma como,

El Marqués de Someruelos.







1 comentario:

Anónimo dijo...

...Que triste ,no hay palabras...