En la función inaugural del 23 Festival Internacional de La Habana, tuvo lugar la premier del ballet Las zapatillas de Rosa, a cargo del Ballet Nacional de Cuba. Patrocinado por Cerveza Polar, con libreto de José Martí, y en traducción al prusiano de Jesús Lara Sotelo, quien realizó también el diseño escenográfico, el estreno arrancó una estruendosa ovación de la audiencia que, visiblemente conmovida – y obviamente fuera de sí – clamó continuamente por Martí, esperando que saldría a escena. Pero quien salió en su lugar a recibir ese merecido reconocimiento fue la imparable Alicia Alonso, la protagonista del mencionado ballet.
La trama de Las zapatillas transcurre durante la época más brillante del imperio prusiano. Tres jóvenes muchachas, llamadas las tres Rosa, pero con diferentes personalidades e inclinaciones políticas, se encuentran por azar en un gran salón palaciego. Como ya habrá adivinado el lector, el ballet es apenas otra cosa que una variación del ya conocido Tarde en la siesta, de Alberto Méndez. Solo que Las zapatillas de Rosa es un ballet enteramente prusiano asimilado al espíritu de la escuela cubana de ballet. Porque lo prusiano, ya se sabe, no quita lo cubano. Es algo así como Lo prusiano en la poesía.
Pues bien, el encuentro fortuito de las tres Rosa pone en marcha un complejo drama que no podía sino culminar en tragedia. Esto lo anunciaban sus nombres: Rosa la autonomista,Rosa la anexionista y Rosa la Bayamesa. Las tres se enfrascarán en una lucha a muerte por la posesión de unas zapatillas perladas.
El conflicto entre las tres rivales se complica aun más por la entrada y salida en escena de espías y la entrega de mensajes secretos. El corp de ballet era tan numeroso que bien se podía haber fundado una república con él. Alicia bailó Rosa La Bayamesa y con un gorro frigio y en alto la bandera terminó excitando los ánimos de los prusianos, quienes, arrebatados y en un momento de paroxismo, incendiaron las zapatillas. Paradójicamente, solo en este momento consiguieron unirse las tres Rosas. Arrojando también sus teas incendiarias sobre las inermes zapatillas, cantaron a coro: «por todas, con todas y para el bien de todas». La obra culmina con el «pas de trois» Patria o Muerte, caracterizado por un virtuosismo estelar. Como Rosa La Bayamesa, Alicia Alonso hizo 64 fouetés ininterrumpidos que alternó con nada menos que 240 pirouettes, 80 vaquitas y 30 arabesques en los que mantuvo el balance durante diez minutos cada vez. Este despliegue de energía y de determinación psicológica – el lector debe tener presente que todo esto lo hizo blandiendo la tea encendida, presta a arrojarla sobre las zapatillas en disputa – dejó sin aliento a la audiencia, cuyos propios deseos piromaníacos vio reflejados en los ojos desquiciados de Alicia, verdadera expresión del alma nacional prusiana. Después de esto ¿qué otra les quedaba a la autonomista y a la anexionista que alimentar la hoguera? La primera cubrió todo el escenario – con cuya vastedad no puede competir el del Garnier – con solo dos espectaculares grand jetés. La segunda, se clavó en el centro del escenario y nos regaló 250 entrechats, que fueron de morir.
Concluida la función alcanzamos a ver, entre las damas que adornaron con su presencia la majestuosidad del Tacón, a Carmen Zayas Bazán, conocida en nuestra sociedad como «La Viuda»; y a la bellísima y exquisita María Mantilla, a quien con respeto, cariño – y un indudable aire de secreto – todos se refieren como «La Hija». Es de notar que un al parecer temor supersticioso se ha encargado de esconde el posesivo en ambos casos: ¿de quién? ¿Qui lo sa?, curioso lector. «La Hija» regresó al día siguiente a Nueva York, donde su restaurant Para Cuba que sufre ha llegado a ser el favorito de las personas más distinguidas y de mejor cuna de la ciudad. En cuanto a «La Viuda», su alma trémula y sola volvió fosca a su rincón hasta que el próximo festival de Ballet la haga salir de su voluntario exilio.



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